Cuando no asfixia
más que una cara fija
en el punto lejano, la nada
la efervescente arrogancia
que pretende ser felicidad
o ser más fuerte,
puede callar la mirada de un sólo grito,
el puntapié inicial
que dará fruto a un nuevo árbol
que no tiene nombre.
¿Acaso pueden sus raíces
echar a llorar si no vieron nunca la luz?
quizá vivan llorando entonces.
Ya se apaga, como allá abajo,
para vivir como desamparados,
llenos de agonía
inmersa en partículas de cristales
que se disipan
a los contornos de la verguenza.
Y mis ojos lentamente
se vuelven a acostumbrar a toda esta luz.